(si querés ver el video de este escrito: podés verlo acá)
Vamos a hablar de un temazo que me parece horripilante: la indecisión. Si lo viviste, sabés que es de las peores sensaciones que existen. Considerarte una persona indecisa, que nunca es capaz de tomar decisiones, así sean grandes (dejar un trabajo e irte a viajar por el mundo) o chiquitas (quedarte 3000 horas mirando el menú del restaurante porque «no sabés qué pedirte»).
Si te identificás, ya sabés lo que frustra y lo que desgasta. Es pensar y pensar, rumiar y rumiar, sentir que no podés decidir, perder tiempo, perder oportunidades (porque a veces decidir tiene un límite y si no llegás, la perdiste) y encima cargar con la angustia de confirmarte, una vez más, que sos «esa persona que nunca sabe decidir» y que siempre termina arrepintiéndose. Autoboicot puro.
Para mí la indecisión y el arrepentimiento son dos sensaciones que detesto. Por suerte ya no tanto, porque trabajé muchísimo estos temas y por eso mismo quiero compartirte un cambio de perspectiva que a mí me ayudó un montón a salir de la indecisión.
Disclaimer honesto: no soy psicóloga ni psiquiatra. Estoy estudiando la Licenciatura en Ciencias del Comportamiento, vengo estudiando neurociencia hace años por mi cuenta y soy coach ontológica, coach creativa y coach consciente. Esto que te cuento es información para que te lleves, reflexiones y —si hace falta— lo profundices en terapia o en el tratamiento que estés haciendo.
El problema no es que «no sabés lo que querés»
Acá va la primera aclaración, y para mí es la más importante de todo el artículo: ser una persona indecisa no tiene que ver con no saber qué querer.
La base real del asunto es otra: vos creés que no vas a poder lidiar con las consecuencias negativas de la decisión que tomaste. No querés equivocarte, no querés fracasar, no querés quedar mal ni bancarte cualquier cosa negativa que pueda salir de esa elección.
Un ejemplo real: la indecisión de irse de viaje
Una oyente del podcast, de 36 años, hace años que quiere irse a viajar. Pero siente que «está vieja» para eso, que en los hostels todo el mundo tiene 20 años y que se va a sentir fuera de lugar. A eso se le suma tener el mismo trabajo hace varios años y la presión social de «renunciar a los 36».
Fijate algo clave: ella sabe perfectamente lo que quiere. Quiere viajar. Eso está clarísimo. Lo que le impide decidir no es la falta de claridad, es el miedo a equivocarse: ¿y si se va y es la peor decisión de su vida? ¿Y si la pasa mal, le roban, vuelve y no consigue otro trabajo?
Ese «¿y si…?» es el verdadero problema. No la falta de deseo.
La teoría del arrepentimiento: por qué decidís desde el miedo
En psicología existe algo llamado teoría del arrepentimiento, y tiene todo que ver con cómo tomamos decisiones. Cuando decidís pensando únicamente en «¿cuál opción hace que me arrepienta menos?», no estás evaluando cuál te va a hacer pasarla mejor o de cuál vas a aprender más. Estás decidiendo desde la negatividad: ¿cuál implica menos fracaso?
Y ese mecanismo te lleva derechito a otro problema: te estás exigiendo tomar la mejor decisión de tu vida. Te ponés la presión de que salga perfecta, de que a todo el mundo le encante, de que no haya ni un solo error. Y eso, temo decirte, no existe.
No es casualidad que la indecisión suela venir acompañada de perfeccionismo, procrastinación, síndrome del impostor, autosabotaje y autocrítica excesiva. Por eso es un tema al que hay que prestarle atención: si no se trabaja, puede derivar en cosas más profundas.
Qué pasa cuando te exigís la decisión perfecta: la parálisis por análisis
Cuando te ponés esa vara imposible, entrás en la famosa parálisis por análisis; esa es la indecisión. Buscás cada vez más información, más opiniones, más certezas, tratando de encontrar la decisión perfecta que, otra vez, no existe.
El resultado: o tomo la mejor decisión de mi vida, o no tomo ninguna. Ese es el círculo en el que vive dando vueltas la persona indecisa.
Qué hace diferente a la persona «decidida»
Ahora pensemos en esa persona que parece decidir todo en dos segundos: abre el menú y pide sin mirar las otras opciones, le preguntás «¿qué hacemos hoy?» y ya tiene plan. Esa persona no es la campeona mundial de tomar siempre la mejor decisión. De hecho, puede equivocarse tanto como vos.
La diferencia real es esta: no le importa la consecuencia de equivocarse. Si el plato que pidió no le gustó, no piensa «qué fracaso, decidí mal». Piensa «la próxima pido otra cosa» y sigue con su día.
La persona indecisa, en cambio, se queda dando vueltas entre las opciones («y si pido esto, pero la otra es más rica, pero me la recomendaron, pero justo hoy la hacen mal…») porque quiere garantizar la elección perfecta. Y esa garantía no existe.
Entonces, ¿en qué tenés que trabajar realmente?
No tenés que trabajar en «no sé qué quiero» o «cómo hago para decidirme». Tenés que trabajar en aprender a lidiar con la incomodidad de haberte equivocado. Porque te vas a equivocar: sos humana, y el error está en todos lados.
No todos los fracasos tienen que ver con vos
Acá va algo fundamental que casi nadie te dice: no se puede (ni se debe) aprender de todos los fracasos, porque a veces el fracaso no depende de vos.
Ejemplo: elegís un plato que siempre recomendaron y resulta un desastre porque justo cambiaron al cocinero. La persona indecisa se va a castigar igual, va a pensar «tendría que haber elegido el otro». Pero el error no fue tuyo: fue una variable externa que no podías controlar.
Lo mismo pasa, por ejemplo, en una relación que resulta abusiva: el problema no sos vos ni «cómo tendrías que haberlo tratado mejor». El problema es la otra persona.
Ojo con juzgar tus decisiones con información que no tenías en ese momento
Otro clásico: te arrepentís de una decisión usando información que conseguiste después de tomarla. Elegís irte de viaje a Nueva Zelanda en lugar de Australia porque, con los datos que tenías, había más trabajo allá. Llegás y te encontrás con una recesión que nadie veía venir. Ahí no tomaste una mala decisión: tomaste la mejor decisión posible con la información que tenías en ese momento. Que las cosas después se compliquen no reescribe eso.
Dos cosas para llevarte de este artículo
- Trabajá en lidiar con equivocarte, no en «descubrir qué querés». El punto no es la falta de claridad, es la incomodidad de cometer un error.
- Antes de castigarte por una decisión, hacete dos preguntas: ¿esa información con la que me estoy juzgando apareció después de decidir? Y ¿ese error realmente dependía de mí, o fue algo que no podía controlar?
La idea de fondo, la que trabajo siempre con las chicas que coacheo es empezar a confiar en nuestro propio criterio: confiar en que somos capaces de decidir y en que esas decisiones son buenas. Pero para eso hay que animarse a decidir, y una vez tomada la decisión, aprender a sostener las consecuencias, porque las decisiones perfectas no existen.
La gente que decide rápido no es la que siempre acierta ni la que vive en modo éxito total. Es simplemente la que decide y después hace lo mejor posible con lo que eligió. El foco está en el después, no en el antes.
Así se sale de la indecisión.



